
Las casas-torre jugaron un papel fundamental en el origen del caserío vasco, especialmente en los de piedra.
A finales del siglo XV y principios del XVI, tras el fin de las Guerras de Bandos, muchas de estas fortalezas fueron adaptadas o derribadas, y sus materiales (como ventanas geminadas o escudos) se reutilizaron en nuevas construcciones.
Los "Parientes Mayores" y linajes, que poseían estas torres, eran los únicos con la capacidad económica y el acceso a los canteros de alta calidad necesarios para construir estructuras tan robustas.
Transformaron sus residencias, antes defensivas, en "palacios" de labranza, con grandes arcos de piedra labrada y espacios para el ganado en la planta baja y la familia en el piso superior, características que se replicarían en los caseríos.
La paz en los campos y la necesidad de una mayor habitabilidad y funcionalidad agrícola impulsaron esta transformación.